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Titiritero de palabras

Reforma corregida y aumentada

Reforma corregida y aumentada

Lo he contado muchas veces. Cuando yo era pequeño, la mayoría del entorno de mi casa eran prados. Sin embargo, la verdadera zona verde de mi barrio, y donde jugábamos los niños, era el entonces Hospital Psiquiátrico, el conocido popularmente como La Cadellada (actualmente los terrenos del futuro Hospital Universitario Central de Asturias). Allí en vez de prado puro había algunas pistas asfaltadas, si bien el tráfico era casi nulo y se limitaba a la entrada y la salida de los trabajadores del centro.

No obviaré la "autobroma" que hago siempre en estos casos de que el que mi espacio de juegos de la niñez haya sido un psiquiátrico explica muchas cosas (como sabéis, el hacer yo mismo las bromas que dejo a huevo es una vacuna preventiva para evitar que me las hagáis los demás :-) ).

El caso es que los hospitales psiquiátricos de los años setenta del pasado siglo, en España, eran una cosa terrible, penosa y lamentable. En los mismos pabellones cerrados y tras las rejas coincidían niños con síndrome de down, enfermos mentales graves y menos graves, alcohólicos a los que no habían rehabilitado de otra forma y cuya dessocialización solucionaban encerrándolos con todo lo anterior... De todo. Creo que sobran las valoraciones.

Acabar con esa situación penosa era un deber de los profesionales de la salud mental, de la sociedad, y de la naciente democracia, y, como no puede ser menos, lo aplaudo, y felicito a algunos extraordinarios profesionales que he conocido y que fueron parte de quienes impulsaron la necesaria reforma. Pero hay algo que nunca conseguí entender. Cómo es posible que gente tan informada y cualificada no previera que hay un pequeño número de enfermos para los que no hay apenas otra alternativa que su estancia, más o menos prolongada, en algunos casos, lamentablemente, quizás indefinida, en centros donde puedan tener los adecuados cuidados y tratamientos.

A mí me dio siempre la impresión de que se daba por seguro que todos los enfermos tendrían familias que se harían cargo de ellos, sin embargo mucho sabíamos que era un craso error. Muchos internos no disponían de personas con lazos familiares cercanos. Más aún: no pocos, sí disponían de parientes cercanos, pero no por tenerlos podía uno asegurar que estarían dispuestos a hacerse cargo de ellos. El resultado era lamentablemente previsible. Ex internos del centro pululando por el barrio pidiendo limosna para sobrevivir y/o para beber, pernoctas en la calle, o que los que vivíamos al lado ya admitiéramos como cotidianos los frecuentes suicidios de enfermos arrojándose a la vía del tren.

Sigue sin gustarme el modelo de grandes centros con cientos de enfermos y régimen cerrado. Pero un extremo es tener a los pacientes encerrados en barracones uniformes a puñados, y otro dejar en manos de su familia, y a su suerte, a personas muchas veces difíciles de tratar en familia y en sociedad. Me gusta un modelo con pisos tutelados. Un número reducido de pacientes en una vivienda, con visitas y con estancia permanente de los profesionales pertinentes (médicos generales, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, educadores...).

Tristemente, muchas familias viven con la pesada carga de tener en casa a un familiar que hace sus vidas poco menos que insoportables, a la vez que él mismo estaría mejor institucionalizado. Pero parece que este debate sólo alcanza al conjunto de la sociedad cuando se produce un suceso no por infrecuente menos grave, como que una paciente acabe a puñaladas con la vida de su madre, aun habiendo denuncias de hace tres años ante el CNP pidiendo al juez competente el internamiento de la paciente por imposibilidad de conseguir que tomara su medicación y de garantizar la integridad de convivientes y terceras personas.

Señor Consejero de Salud, actúe YA. A más tardar, en 2008 son necesarios lugares donde profesionales cualificados puedan atender a los enfermos para los que no existan otras alternativas menos radicales. ¿ O habrá que esperar otra tragedia ?

 

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