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Titiritero de palabras

Desde mi libertad

Desde mi libertad

Hacía tiempo que no me sentía tan bien. Llevo cuatro días en este Hospital Psiquiátrico Penitenciario y en pocas ocasiones había gozado de tal calidad de vida. Al menos, nunca sin haber pagado fuertes cantidades de dinero por unas breves vacaciones.

Hay que reconocer que los hechos que me trajeron aquí pudieron ser trágicos. Hace dos martes, mi psiquiatra habitual, en vista de mi buen estado, me retiró los antipsicóticos y los sustituyo por una moderada dosis de benzodiacepinas. No había pasado una semana cuando la dulce ancianita que vive en mi edificio, que cada vez que te encuentra en el portal te cuenta su vida, el telediario, y la predicción del tiempo ( en buena medida porque somos minoría quienes le prestamos atención ), en uno de sus arrebatos de preocupación por cómo el Gobierno está acabando con este país, lanzó sus manos sobre mí para asirme, como siempre que peligra España, con fuerza, por el antebrazo, tanto para ser más vehemente en la expresión de su preocupación, como, seguramente, la pobre, para defenderme del grave peligro. El caso es que, por lo que me han contado, ese día ya llevaba yo unas cuarenta y ocho horas ocultando bajo mi abrigo un gran cuchillo, para defenderme de unos malvados tipos que, no sabía muy bien por qué, iban a estar en cualquier momento acechándome en un rincón oscuro del portal. Se debió de juntar el hambre con las ganas de comer. La pobre Maria de los Ángeles trataba de defenderme de los rompepatrias que Don Federico le mete en la cabeza por la radio, y yo identifiqué el gesto demasiado repentino, rápido y sorprendente, como la confirmación de que mi temor al fin se estaba materializando, ignorando yo que las únicas sombras que habitaban mi portal provenían de unas ideas paranoides surgidas tras retirar los neurolépticos.

Hubo suerte, no obstante. La pobre  Ángeles apenas recibió un rasguño, pues es toda piel y huesos, la pobrecita, y hubiera sido difícil atinarle con ningún otro órgano más que sus pellejos, y en estos momentos, tras pasar brevemente por el centro de salud del barrio, donde poco más tuvieron que hacer que tranquilizarla y ponerle un discreto apósito en el rasguño se encuentra ya tranquilamente en su casa escuchando al Señor Losantos , aun más convencida si cabe de que, si cosas como que el dulce chico del tercero que siempre la escuchaba con atención se haya convertido en un monstruo macabro y agresivo sólo puede deberse al nocivo efecto en la patria de este peligroso gobierno.

En cuanto a mí, creo que trataron de pedirme bastantes más explicaciones, si bien en mi estado de agitación y entre mis gritos fue pronto evidente que lo que procedía era llevarme al Hospital, donde me dieron un buen trago de Haloperidol y me dejaron descansar, con un policía al que le estropearon el fin de semana con la familia , a la puerta de la habitación hasta que el lunes me tomó declaración, ya, más tranquilo, el Señor Juez.

Claro que no pude contarle gran cosa a su señoría, porque para entonces ya me habían reinstaurado los neurolépticos y ya no veía más sombras que la del soporte del televisor de monedas de mi habitación y, mis recuerdos del incidente con la pobre Angelita eran más que escasos, inexistentes.

Eso sí, tanto el juez, como el fiscal, como mi abogado de oficio como yo mismo, ya recobrado el juicio, convinimos en que sería razonable, para evitar riesgos a terceros y a mí mismo, y para disminuir la alarma social ( el caso había aparecido en la primera plana del mayor diario regional, y ya se sabe que el que decide la primera plana de dicho periódico tiene la llave de la alarma social ) que me pasase una temporadita en régimen cerrado en un Hospital Psiquiátrico Penitenciario.

En próximos posts os contaré qué tal se vive aquí.

 Que tengas un buen día.

 

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