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Titiritero de palabras

Ninguna frase es demasiado larga

Ninguna frase es demasiado larga

 

Quienes me conocéis estaréis hart@s de escuchar cuando menos unas cuantas de las múltiples anécdotas que no me canso de repetir sobre las opiniones de la gente sobre la longitud de mi texto.

 

Con un amplio noventa y pico por ciento de opiniones negativas al respecto, a veces furibundamente contrarias, y un porcentaje de un sólo dígito de personas a las que les gustan bastante, a algun@s creo que muchísimo, mi forma de escribir ( o eso me dicen, y yo les creo: quizás es así porque son mis amig@s y fin ) hoy me apetece una vez más reivindicar mi posición.

 

No es que yo crea que MIS textos de más de 100 caracteres ( o incluso mis textos de menos de cien caracteres) habitualmente tengan gran cosa que le pueda aportar nada a nadie. Así que obviemos mi exacerbado ego y quememos inmediatamente (o movamos los electrones de lo que está en digital) todo cuanto he escrito yo desde que me atacó el feo vicio de la grafomanía allá por los cuatro añitos de edad.

Pero obviando a rollistas vacíos como yo, sostengo que una proporción excesiva de nuestros conciudadanos está siendo duramente dañada por la que yo llamo la civilización de los 140 caracteres.

Seguro que en el siglo XIX, cualquier cosa que no estuviera en el titular o, como mucho, en la entradilla, de un periódico en papel cualquiera era leído por muchos menos que quienes se aventuraban en el texto completo debajo. Pero tengo la sensación de que la civilización del aprisa, aprisa, ahora, ahora , lo quiero todo, lo quiero ya, y el twitter han profundizado el problema.

 

Y sí, digo DAÑADO. Dañado de daño. Porque cuando un ciudadano no lee, pierde oportunidades de influir con sentido en el bien común y en el suyo propio. Una comunidad de iletrados será mejor manipulada por las castas de escribas ricos y poderosos. Tendrá menos y peores médicos. Menos y peor educación. Menores pensiones también. Que sí. Que sí. Que sí...... (nótese la frase repetida de dos sólo dos palabras y cinco caracteres en total).

 

Yo no podría haber sostenido lo que he sostenido, logrado lo poco que he logrado, influido lo poco que he influido, gestionado lo poco que he gestionado sin haber leído libros. 

 

Y en una sociedad compleja, casi todas las simplificaciones nos llevan por caminos erróneos y a resultados sub-óptimos.

 

La media docena de libros que están siempre al alcance de mi mano cuando me encuentro en esta estancia desde la que escribo este post, y que llevan conmigo años (de alguno he ido incorporando ediciones sucesivas cuando la que tenía se quedaba demasiado desfasada en campos que crecen y evolucionan rápido) tienen cientos de páginas y alguno supera las mil. Pero no osaría atreverme a hablar de la deuda griega sin haberme leído (no de la página 1 a la última, por supuesto) la "Economía" de Paul Samuelson y de Nordhaus.

 

Pero como ya me he dado a la reproducción ilegal y pública de textos ajenos sujetos a copyright, os dejo, mejor, en las manos de Pico Iyer, que, como decía ayer de mis palabras sobre la tragedia mediterránea y Roberto Saviano, lo cuenta mejor.

 

En esta ocasión los derechos que vulnero pertenecen a Los Angeles Times.

 

Ninguna frase es demasiado larga

 

( por Pico Iyer )

 

"Tus frases son demasiado largas", me ha dicho una amiga profesora de inglés en la Universidad. Y he entendido inmediatamente que no se trataba de un elogio.

El editor que revisó mi último libro utilizaba marcadores fosforito alrededor de mis proposiciones múltiples para sugerirme que partiese mis frases o que metiese menos cosas dentro. Ninguno de los dos intentos podía ser más amable ni  bienintencionado, pero quizás lo que no han comprendido ni mi amiga ni mi editor es esto: escribir frases cada vez más largas es mi modo de protestar - y  a la vez de intentar salvar a mis eventuales lectores- contra el bombardeo de frases breves.

Cuando empecé a ganarme la vida escribiendo, tuve la impresión de que mi oficio consistía en ofrecer al lector algo rápido y concreto, que no se pudiese facilitar de otro modo. Un escritor era una máquina de recabar datos y mi obligación como periodista era recorrer el mundo tomando apuntes visuales e inmediatos como los de la televisión. Necesitábamos sobre todo hechos. Y estaba convencido (y aún lo estoy) de que si mirabas al mundo lo suficientemente de cerca podías comprender sus movimientos, como te ocurre cuando miras a un hermano o a un amigo. Don DeLillo o Salman Rushdie no son místicos, pero saben decirnos dónde irá el mundo mañana porque lo siguen con mucha atención.

Sin embargo, hoy, el planeta se mueve demasiado rápidamente incluso para un Rushdie o un DeLillo, y muchos de los habitantes del mundo privilegiado tenemos acceso a muchos más datos de los que necesitamos. Deseamos ardientemente algo que nos libere de la sobrecarga contingente y nos permita ver las cosas con una perspectiva más amplia.

Ningún escritor puede competir en velocidad e inmediatez con los SMSs, los flahes informativos de la CNN o con los feeds RSS, pero cualquier escritor puede intentar devolvernos la profundidad, los matices (los espacios huecos, como los llama Annie Dillard) que en muchas pantallas no aparecen. No todos quieren ser reducidos a una entrevista o una pegatina.

Y aquí entra en escena (espero) la frase larga: una colección de proposiciones tan descarada, generosa y abundante en los tonos y en las sugerencias para poder contener la casi-contradicción, la ambigüedad y todos esos lugares de la memoria o de la imaginación que no pueden ser reducidos a palabras pobres, y permitir al lector conservar en la mente y el corazón muchas cosas juntas mientras desciende por una escalera de caracol a sí mismo y a las cosas que no se pueden reducir a un "esto o lo otro". Cada proposición nos lleva siempre más lejos de conclusiones banales (o al menos eso espero) y más lejos del reduccionismo, como si el escritor fuese un dentista que te dice: "abra más la boca" para poder sondar los espacios más tiernos y abandonados del lector (aunque al escritor no le importa la boca, sino el espíritu).

"Se advertía una humildad condescendiente mientras ella traspasaba la puerta y entraba en la estancia más grande, pero más oscura, de la biblioteca; un gesto de fragilidad, una pose en su llevar mal sus cincuenta y nueve años, un ligero cimbreo en mitad de toda la grandiosidad que su hija ahora debía dar por descontada", escribe Alan Hollinghurst en una frase que he cogido casi al azar de su última novela. Notaréis que "humildad" ha cedido el paso a "pose" modificando el punto de vista de la frase, mientras atravesar físicamente la estancia acompaña a un movimiento interior que se desarrolla mediante cuatro proposiciones, cada una de las cuales, si bien ligadas, sugiere una visión ligeramente diferente de las cosas.

Muchos lectores no tienen tiempo para estas cosas. William Gas o Thomas Browne pueden parecer verborreicoss, el equivalente a quien quisiese viajar en coche de Los Ángeles a San Francisco pasando por El Valle de la Muerte, Tijuana y Las Sierras. Y un buen escritor, un Hemingway, o un James Slater consigue meter muchos matices y sugerencias incluso en la frase más breve y fulminante.

Pero hoy, demasiado a menudo, usamos una escritura telegráfica que banaliza nuestros pensamientos y reduce nuestros sentimientos a slogans. La frase breve domina los debates en la radio y las peleas en la televisión, cuyos protagonistas la competencia o la complejidad como un insulto a su integridad ( y no, como en realidad son, su más bello complemento).

A este paso perderemos áreas de experiencia emotivas y cognitivas enteras. No seremos ya capaces de leernos los unos a los otros si no somos capaces de seguir los textos laberínticos de Proust, que nos conducen por terrenos poco iluminados en cuyo recuerdo se llena de matices la imaginación, y donde nos escondemos de las personas que queremos o castigamos a las cosas que amamos.  Y, ¡cómo podríamos percibir la estratificación, la extensión , las muchas caras de Estambul en toda su amplitud sin la frase de setecientas palabras con la queOrhan Pamuk ha rendido homenaje al amor de su vida?

Idealmente, tomar un libro en las manos significa entrar en un mundo de intimidad y continuidad: los mejores libros nos llevan a un universo más amplio, a un estado de ánimo más espacioso, como cuando escuchamos música de Bach o vemos una película de Thomas Pynchon, no sólo porque es hermosa, sino porque sus largas e impecables frases nos llevan , una proposición tras otra, a lo más lejano e imprevisible, y siempre a una profundidad que no habría podido ni imaginar que existiese.

Philip Roth no me cansa nunca porque, cuando da lo mejor de sí, la energía y complejidad de sus frases me trasladan a una contradicción enfervorizada en la que veo una mente viva, que se interroga, ferozmente controlada en sus relaciones con el mundo. La suya es una frase que expulsa la simplicidad sin renunciar jamás a la pasión.

No todos los creadores de frases con muchas comas son iguales. Personalmente encuentro ilegible a Henry James, con sus proposiciones que se suceden con pedante y enfática avaricia, reflejando no su capacidad de observación sino su incapacidad de llegar a conclusión alguna; una especie de balbuceo mental. Pero lo que promete la frase larga es llevarnos a lo desconocido, lejos de la costa, a profundidades y misterios que no se pueden conseguir sólo con la mente, ni, muchas veces, con las palabras.

Cuando leo al modelo por antonomasia, Herman Melville, o siento elevarse la tensión en la Carta desde la Cárcel de Birmingham de Marthin Luther King, que comienza a hincharse de proposiciones bíblicas listando todo aquello que los negros no pueden hacer tengo la sensación de salir de la cultura del supermercado y de ser transportado a un lugar altísimo desde el que puedo ver en el tiempo y en el espacio, en mí mismo y en el mundo. Es como si por un momento me salvaran del caos frenético de la autopista y me recondujesen a algún sitio dentro de mí donde conviven la duda y la certeza.

Yo amo los libros. Los leo y los escribo por el mismo motivo por el que hablo con un amigo diez horas seguidas, no diez minutos ( o, como en la permanencia media en una página web, diez segundos). Cuanto más dura la conversación menos me siento sujeto dentro de las cajas asfixiantes del blanco y el negro, el republicano y el demócrata, nosotros y ellos. La frase larga es la manera en que comenzamos a liberarnos de la mecanicidad de lo puntual y de la inhumanidad de las casillas en que hay que marcar un sí o un no.

Siempre habrá sitio para la frase breve, y no habrá nadie que se entusiasme más que yo con la sabiduría condensada de Oscar Wilde. Es la elegante concisión de sus frases la que nos permite comprender las ideas de Emerson o de Lao Tse como si fuesen proverbios de validez universal.

Pero hoy, brevedad y velocidad tenemos a paladas. Lo que quiiero es algo que me ensanche y que no descarte nada, que me lleve más allá de una simple proposición o de una sencilla fórmula a encontrarme de repente en un lugar espacioso y extraño como la misma vida. La frase larga abre puertas que la frase corta cierra de golpe.

 

Aunque a mi  editor le he respondido hoy con una frase brevísima: " ¡ No ! "

 

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