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Titiritero de palabras

Hola. Me llamo Andreas y soy un hijoputa

Hola. Me llamo Andreas y soy un hijoputa

 

Hola, me llamo Andreas y soy un hijo de puta.

 

Seguramente hayas leído mi historia estos días. Hasta anteayer era piloto de avión comercial.

 

Siempre quise volar. De adolescente soñaba con pilotar un gran avión de pasajeros, y controlar mi mundo desde encima de las nubes. Volar, volar. Volar....

 

Conseguí aprender a volar en aparatos sin motor. ¡ Qué subidón ! Eso era mi vida, mi pasión, lo que quería hacer, pero quería más. Más, más, más. Volar, volar, volar.

 

Entre en la escuela de pilotos a los 22 años, y tenía ansia por volar. Allí descubrí que pilotar un avión comercial no es un sueño hermoso. Es una tarea las más de las veces aburrida, rutinaria, sujeta a infinitas y precisas normas que regulan todo. Sí, tenía los mandos del aparato a mi alcance. Pero ya no volaba. Eso no era volar. Volar para mí era la libertad.

 

Me deprimí. Lo pasé mal, y dejé la Escuela de Pilotos. Pero me recuperé y quise volver a intentarlo. Esta vez lo logré. Y comencé a trabajar en la compañía.

 

Entonces fue peor. Surqué los aires cientos de horas, pero nunca más volé. Sólo estaba encerrado en una cabina 2x3 repitiendo procedimientos formalizados hasta el detalle y anodinos hasta mi desesperación.

 

Sentí rabia, cada día más rabia. Odiaba las normas. Odiaba los protocolos. Odiaba al comandante, odiaba a los pasajeros que, ellos sí, volaban hacia sus metas de turismo o de objetivos profesionales. Yo quería volar y no me dejaban. Mi sueño me resultaba una pesadilla. Con frecuencia me apetecía matar a todo el mundo alrededor y matarme yo mismo.

 

Hace dos días , en una de esas muchas ocasiones, lo hice. El comandante, rutinariamente, me dio las instrucciones habituales para ir preparando la nave para aterrizar en Dusseldorf, a las que yo asentía de mala gana, iracundo, mientras pensaba qué mierda era mi vida y qué hijos de puta los de la compañía, el comandante, esos pasajeros que reían felices con sus hijos en brazos mientras yo me quemaba.

 

El comandante fue a mear. Estábamos frente a Los Alpes. Lo hice. Bloqueé la puerta y lancé el avión hacia la destrucción. Quiero morir, y quiero mataros a todos, hijos de puta. A ver si seguis riendo con vuestros bebés en brazos cuando estemos a punto de estrellarnos contra las montañas.

 

No recuerdo el choque. Ahora estoy en un agradable paraíso en el cielo. Volando. Hay a mi alrededor 149 personas más y no hay rencor en ellas hacia el hijoputa que fui en La Tierra y en el cielo pequeño.

 

No entendía nada. Le pregunté al responsable de este maravilloso sitio donde nos sentimos volar: ¿ Pero yo no era un hijoputa? ¿ Pero acaso la obligación y la culpa de que tanto oí hablar a calvinistas y católicos en mi Alemania natal no deberían haberme llevado a un Infierno? ¿ Qué es, que todas esas cosas que me imbuyó la sociedad consumista occidental de que todos podemos ser felices me determinaron y no tengo culpa de nada ? ¿ No existe el infierno?

 

El anciano sonrió y me dijo, cogiendo mi hombro: Hijo. Aún no has entendido nada. Pues claro que existe el infierno. El infierno era lo que te creaste tú en tu cabeza. El infierno es lo que hiciste pasar a otros cada vez que la ira se apoderaba de ti. El infierno es donde has dejado a cientos de personas que querían a los pasajeros y a los tripulantes, y a tus propios padres.

 

Y sí existen la responsabilidad y la culpa. Tenías libre albedrío. Tú elegiste entre aterrizar el avión felizmente en Alemania o matar a toda esa gente en Los Alpes. Y elegiste el mal, y elegiste crear un infierno que sólo existe porque lo creáis los humanos.

 

En un lapso de tiempo ridículo en términos cosmológicos, el infierno de toda esa pobre gente habrá acabado. En pocas décadas estarán todos muertos, como tú, como los otros tripulantes, como los pasajeros. En menos de 100 años en un Universo de 14.000.000.000 de ellos. Pero no por eso habrá sido menos infierno para todos esos.

 

Y lo creáis vosotros. Tú creaste uno. Ya es tarde. No le dés más vueltas, no volverás allá abajo ni tendrás la ocasión de no crear infiernos en una segunda oportunidad. Ahora, ya, vuela feliz. El hijoputa ha muerto.

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