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Titiritero de palabras

El portero del prostíbulo

El portero del prostíbulo

Manuel vivía en un pequeño pueblo aislado. Era el portero del prostíbulo. Era analfabeto, no sabía leer ni escribir. Era el portero del prostíbulo porque su padre ya lo había sido, y antes de él, el padre de su padre.

Cuando Joaquín heredó el negocio, que antes que suyo había sido de su padre, y antes del padre de su padre, llamó a Manuel a su despacho: Mire, Manuel, esta es una generación nueva, y el negocio debe adaptarse a nuevos modelos de gestión. Hasta ahora, hacía usted sólo de portero, pero ahora quiero que además, cuente usted el número de clientes que acuden, a uno de cada cinco les haga una encuesta de satisfacción, y que, semanalmente, me presente un resumen por escrito de las conclusiones.

"Mire, Don Joaquín, nada me gustaría más que satisfacerle, pero hay un problema: no puedo hacer tal tarea porque no sé leer ni escribir"

Entiendo - dijo Joaquín -. Manuel, comprenderá usted que el negocio no da para pagar dos sueldos, uno para usted y otro para una persona que sepa escribir. Me veo obligado a prescindir de sus servicios, naturalmente, le pagaré una indemnización.

Y fue así como Manolo se encontró en el paro y con un cierto dinero de indemnización, y pensó: bueno, en el prostíbulo, cuando se estropeaba algún mueble, yo, con el martillo y unos clavos, lo arreglaba. Puedo dedicarme a eso hasta que alguien me ofrezca un empleo. Miró en su casa, pero no encontró en ella más que unos cuantos clavos viejos oxidados. La ciudad estaba a dos días de viaje en mula, y otros dos de vuelta. Aun así, ahora tenía tiempo, por tanto, hizo el viaje hasta la ciudad, compró una completa caja de herramientas, y volvió con ellas al pueblo.

Al día siguiente, picó su vecino a la puerta: Manolo, ¿ no tendrá usted un martillo que me pueda prestar ?

Sí, si lo tengo, pero lo necesito para trabajar.

No se preocupe, si usted es tan amable de prestármelo, yo le prometo que mañana muy temprano se lo devuelvo.

Según lo prometido, al día siguiente, el vecino le picó muy temprano a la puerta, y le dijo: Manuel, mire, sigo necesitando el martillo, ¿ usted no me lo podría vender?

Es que no tengo otro para trabajar, y la ciudad está a cuatro días de viaje de ida y vuelta.

Si le parece, haremos una cosa: yo le pago cuatro días de trabajo y su m artillo, pues lo necesito mucho pero no dispongo de tiempo para ir a la ciudad a  comprar uno, y así usted puede comprar otro.

Manuel aceptó, al fin y al cabo, ahora tenía tiempo, y era la remuneración de cuatro días de trabajo... cogió la mula, y volvió a los cuatro días con un nuevo martillo. Pronto, el vecino del vecino fue a ofrecerle la misma operación por sus tenazas.

Se corrió la voz de que Manuel podía vender herramientas, de modo que al poco, Manolo se encontró con que sus vecinos, e incluso los de los pueblos cercanos, venían a encargarle herramientas. De modo que decidió invertir una parte del dinero de la indemnización del despido en el prostíbulo en comprar tres martillos, tres tenazas, tres alicates.... Así no tendría que viajar cuatro días por cada herramienta que le encargaran.

Naturalmente, el negocio le fue tan bien, que un tiempo después, montó la primera ferretería del pueblo. Además, ya no tenía ni que ir a la ciudad, pues, al ser tan buen cliente de la ferretería de la ciudad, su suministrador se encargaba de hacerle llegar al pueblo su pedido semanal.

Con el tiempo, decidió que podía encargarle a su amigo el herrero, que le fabricara las herramientas que vendía, y así , comprando directamente al elaborador, aumentar sus márgenes.

Tras años de trabajo y esfuerzo, Manuel creó su propia fábrica de herramientas, que llegó a hacerle multimillonario. Decidió entonces devolver parte de su riqueza a la comunidad, y donó un dinero para que el Ayuntamiento de su municipio construyera una escuela en su pueblo. El día de la inauguración, acudió el alcalde del municipio, que pronunció un discurso, tras el cual, finalizó pidiendo a Don Manuel que le hiciese el honor de ser el primero en hacer una anotación en el libro de honor de la nueva escuela.

- Señor alcalde, nada me agradaría más que hacer una anotación en ese libro, pero no es posible: no sé leer ni escribir.

- ¡ Dios mío ! -exclamó el alcalde-. No me lo puedo creer, Don Manuel. Siendo analfabeto se ha convertido usted en el multimillonario propietario de un emporio industrial. ¿ Qué hubiera sido usted si hubiese sabido leer y escribir?

- Yo se lo diré, señor alcalde: sería el portero del prostíbulo.

 

2 comentarios

Sergio -

Don Guti, no me exagere Vd. Sé perfectamente que entiende la moraleja de la fábula mejor que yo....

¡¡¡ Un saludín muy cordial...!!!

Guti -

Difícil moraleja, a fe mía.